
Había una vez, en un pueblo llamado Tábara (Zamora) dos niñas, dos amigas, se llamaban Leticia Rosino y Cristina Ramos, eran alegres, educadas, estudiosas y muy divertidas.
Crecían felices en su pueblo, les gustaba ir al colegio, jugar con sus amigos y participaban en todas las actividades que tenían a su alcance.
Leticia era como un Hada inquieta, le gustaba viajar de un sitio a otro, conocer culturas diferentes, seguir las tradiciones de su gente, de sus pueblos y sentía curiosidad por todo lo que le rodeaba.
Tanto es así, que cuando se hizo mayor, se fue al extranjero para trabajar, ver cosas nuevas, ampliar sus conocimientos, y aprender otro idioma diferente, en definitiva, recorrer el mundo.
A la vez que estudiaba y trabajaba, vivía con una familia hindú y cuidaba de sus hijas Neha y Reeha que la adoraban, se sentía una más de esa familia.
